La tragedia que vive Haití, más allá del número de muertos causados por el terremoto y su efecto devastador que superó la bomba de Hiroshima, sólo puede explicarse en la miseria de un pueblo que a lo largo de su historia ha soportado, esclavitud, hambrunas, invasiones, golpes de estado, guerras, pestes y rebeliones que han oscilado entre dictaduras y desastres naturales.
El pueblo haitiano convertido según sus colonizadores en pueblo azúcar, pueblo banana, pueblo bestia, pueblo café, pueblo carbón, pueblo mercancía; a pesar de haber protagonizado la primera gran Revolución Negra de América en tiempos en que Francia obtenía más riquezas en Haití, que España en sus colonias americanas; no podrá jamás merced a la humanización de sus opresores, redimirse a sí mismo, mientras no supere el concepto de razas inferiores que sirvió al occidente para su obra de expansión y conquista.
Alemanes, españoles, franceses, holandeses, ingleses y norteamericanos han sido los responsables que la raza negra antillana, en su gran mayoría, no sepa cuál es su verdadera identidad. En la primera mitad del Siglo XX el antillano negro, vivía, pensaba y soñaba como europeo y jamás se declaraba como tal porque el negro estaba en África. Hoy asimila su negritud aunque se sienta europeo o estadounidense.
Las naciones antillanas, más que islas paraíso donde turistean sus colonizadores, son pueblos balcanizados por toda clase de aberraciones socioeconómicas y socioculturales con diversas realidades sociológicas, antropológicas y literarias que hacen que los hombres y las mujeres del Caribe sigan siendo extranjeros entre sí, exceptuando la isla de Cuba, cuya Revolución transformó las estructuras económicas y sociales, liberando en el hombre blanco, negro y mulato su creatividad y su invención para consolidar su propia identidad basada en la igualdad y en la dignidad de todas las razas que habitan ese país, tal como lo sostiene el poeta haitiano René Depestre quien al hablar de la negritud en su país natal alerta que esa negritud se manifiesta de forma irracional, reaccionaria y mística que ha dejado de ser una forma legítima de rebelión opuesta a las despreciables manifestaciones del dogma racista que tiende a disimular la presencia en el escenario de la historia, en África y en las Antillas, de burgueses negros y mulatos que, en Haití por ejemplo, han perfeccionado los mecanismos de opresión y los circuitos alienantes heredados del sistema colonial para seguir indigenizando la violencia de los antiguos colonizadores y practicar todas las obscenas embriagueses de la tiranía y de la servidumbre alentada ahora desde la Casa Blanca con su presidente negro.
No, no hay ningún rasgo humanitario en la ayuda que las potenciales coloniales han derramado en Las Antillas. En Haití, a diferencia de otros siglos, no han descendido en sus playas filibusteros ni bucaneros. Los piratas del Caribe, a partir del Siglo XX, son ahora los marines norteamericanos que llegaron a Haití, no para proteger a los damnificados ni coadyuvar a las labores de rescate ni de reconstrucción, el ejército norteamericano está en la isla para salvaguardar sus intereses económicos y los millones de dólares depositados en sus bancos, además del oro, los diamantes y todas las riquezas que administra el City Bank y sus filiales.
Los miles de muertos y los millones de afectados por el sismo en Haití, hubieran corrido mejor suerte, con hogares edificados como los techos que habitan los blancos y la clase dominante que en la isla salvó el pellejo.
Y como sucede y seguirá sucediendo en este tipo de desgracias, el sector más vulnerable ante cualquier desastre natural son los pobres, los que en Haití serán los menos beneficiados con la ayuda internacional. La tragedia de Las Antillas se ha convertido en un tesoro para los Piratas del Caribe interesados en la reconstrucción no del pueblo sino de sus intereses.